Gente de hoy

La ciberimagen

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(Foto de Ana Allen tomada de eltiempo.com)

Freud era más loco que psicólogo, pero de las cosas cuerdas que decía era que la necesidad se satisface por medio de una acción específica, mientras que el deseo a través de la búsqueda de una identidad perceptiva, incluso alucinatoria.

Coco Channel dijo que el lujo es una necesidad que empieza cuando acaba la necesidad, pero aquello que nos ha proveído la ciencia ya no es un lujo, ha llegado a los estratos más modestos y ha ocupado su lugar en la evolución de los objetos de valor.

En la actualidad en los países capitalistas, las relaciones que mantenemos con nuestros celulares son de una co-dependencia total, ya no solo para comunicarnos, sino para guardar recuerdos, para organizar agendas, para pagar las cuentas e incluso, para realizar un seguimiento a nuestro estado físico y médico. Se han convertido en nuestros oráculos para saberlo todo y en nuestros asistentes personales de bolsillo.

La línea entre la humanidad y lo cibernético es cada vez más delgada, los aparatos electrónicos fungen de extensiones de nosotros mismos y son cada vez más humanos, dando cabida a escenarios que solo encontrábamos en la ficción.

Una película en la que podemos ver esta relación es en la ganadora del Oscar “Her” del director norteamericano Spike Jonze. En esta película se plantea la hipótesis de poder entablar una relación amorosa con la personificación del sistema operativo del teléfono móvil, tocando nuevamente el tabú de una relación íntima con los artefactos.

Esta situación podría ser juzgada por la sociedad no desde la moralidad o la ética, sino desde la envidia que despertaría el haber encontrado la felicidad por un medio nada convencional (Jonze tiene experiencia en la personificación de los objetos, fue él quien dirigió el comercial ganador del Grand Prix en Cannes para IKEA en 2002 en el que se burlan de los posibles sentimientos que genere en el espectador una lámpara desechada).

Hoy en día, los celos y el resquemor se han convertido en la nueva divisa, quien despierta más envidias, es quien se posesiona como el macho alfa del grupo. No importa si en realidad se tiene más estatus o no, lo que importa es que nuestra puesta en escena así lo represente.

Al mismo tiempo, los objetos del deseo se han vuelto más intangibles que nunca, prueba de ello son las famosas “selfies”, que ubican a la sociedad en el penúltimo peldaño de la pirámide de Maslow, el de la autoestima, satisfaciendo las necesidades narcisistas de performatividad colectiva a través de imágenes que estretégicamente se colocan en las redes sociales, obteniendo o esperando un “like” o un “fav” como símbolo de la aprobación por parte de los contactos.

Esa imagen, se ha constituido en el nuevo objeto del deseo, la nueva presa a cazar, ya que la pesquisa por la foto perfecta, sumada a la facilidad para tomarla gracias a la tecnología con la que se dispone, hace que se esté dispuesto a tomar todo tipo de riesgos con tal de capturar en cámara el testimonio visual que demuestre lo bien que se esté pasando, lo felices que sea o los objetos de deseo con los que se cuente (o se pretenda contar).

En un futuro donde lo virtual puede superar a lo real ¿cuáles podrían ser los objetos del deseo? Posiblemente lleguemos a tal nivel de convergencia que el deseo, no sea más una variable de la ecuación, ya que cualquiera que sepa manipular el photoshop puede obtener su tan anhelada aprobación social.

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