Gente de hoy

Este no es el futuro que me prometieron

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Una de mis películas favoritas es la segunda parte de “Volver al Futuro” de la trilogía de Robert Zemeckis. Cuando la ví por primera vez, soñaba con el día de 2015 en que vería autos voladores, los zapatos que se amarran solos o los hologramas anunciando las películas en cartelera. Con algo de desilusión lo único que se ha cumplido es nuestro nostálgico gusto por la música de los 80.
En 1968 Stanley Kubrick, uno de los más grandes directores de todos los tiempos, lanzó su película “2001: Odisea en el espacio”, basada en escritos del famoso autor de ciencia ficción Arthur C. Clarke. Hoy, casi 50 años después, la única odisea que hay es encontrar espacio, pues a donde uno vaya todo está lleno.

Cuando uno escucha 2015 es inevitable pensar en el futuro, pero en realidad lo único medio “futurista” que ha pasado, es que dos manes vestidos de robots ganaron un Grammy. Uno pensaría que superamos todas aquellas cosas que no nos dejaban avanzar como sociedad, pero hoy más que nunca está vigente el machismo, el clasismo, el racismo, entre muchos otros “ismos”. Pensaría uno que en 2015 ya no se usan frases como “murió como un perro”, pero la verdad es que no solo se usa la expresión, sino que además se practica por deportistas profesionales. Uno juraría que ya hemos superado taras medievales como la homofobia, pero hasta los gais se agarran con ellos mismos como Elton John y Dolce & Gabana.

Cosas como los toros, las corralejas, los concursos de belleza de menores de edad, el irrespeto de la ciudadanía a la autoridad o viceversa, son pan de cada día en una época donde supuestamente ya deberíamos haber evitado invasiones extraterrestres o viajado en el tiempo.

Uno pensaría que en esta época, donde la tecnología ha alcanzado avances tan importantes, todo se podría hacer desde tu teléfono celular, pero la triste realidad es que aún se tiene que recorrer el camino de la burocracia para realizar muchos trámites.

Tomemos el colegio de mi hijo por ejemplo. Por cuestiones de mi trabajo mi hijo tuvo que sacar su pasaporte a los 3 meses de edad, un documento que le sirve perfectamente en cualquier país, sin embargo para pasar del jardín al colegio le solicitan el registro civil original. Ok, no hay problema, es apenas natural que una institución pida requerimientos como ese, así que averiguo por internet cómo sacarlo pero no, hay que hacerlo personalmente.

Me dirijo a la notaría en donde lo registramos que curiosamente pareciera que se localiza en un triángulo de las bermudas del transporte porque nada sirve para ir o salir de allá. En estos días de paros y manifestaciones, tomar un taxi es como estar frente a dos exesposos, hay un silencio incómodo hasta que alguno de los dos comienza a echar indirectas. Así que me aventuro a tomar un bus en una ciudad donde debería considerarse como deporte de alto riesgo. Obviamente mi ignorancia en rutas hace que tome el bus que me dejaba más lejos, así que decido caminar el resto.

Llego a las 4 en punto y me cierran la puerta en la cara. Ok, es mi culpa, debí haber averiguado el horario antes de ir. Así que regreso al siguiente día y me encuentro con el temor de todo ciudadano impaciente, una cola. Al no tener alternativa la hago y al llegar a la ventanilla solicito el registro pero me piden un recibo de consignación.
– ¿Cuál consignación?
– ¿No sabía que hay que consignar $6.050 en el banco X para reclamar el documento?
– ¡Claro! ¿acaso luzco como alguien que no sabía?
Lleno de frustración, le pregunto al guardia de seguridad que donde queda el dichoso banco más cercano, a lo que él muy diligentemente contesta que a 10 cuadras hay uno. No pierdo tiempo preguntando por qué eligieron el banco más lejano para sus consignaciones y recorro las 10 cuadras, solo para encontrarme con otra hermosa sorpresa. Hay un cajero electrónico del banco X, pero no hay oficina donde pueda realizar la consignación.

Vuelvo a preguntarle a un noble transeúnte cuando su respuesta hace vibrar la vena de mi frente y me hace recorrer otras 20 cuadras, justo donde el bus me había dejado la primera vez. Ya en el banco y con un dedito del pie bombeando como supernova, tengo que realizar otra megacola, porque como cosa rara de las 5 cajas, solo hay una en funcionamiento.

De regreso a la notaría, oso perturbar a la señorita que conversa por celular, para ver si me puede ayudar con el certificado. “Con gusto, pero después de la señora”. Se trataba de una simpática viejita que seguramente no hablaba en años porque depositó en mí, toda la falta de cordura que la llevó a la notaría ese día.

Finalmente salgo con el papel en la mano, el sol ilumina mi gallarda estampa como si acabara de subir el Everest, pero poco a poco se desdibuja mi sonrisa al recordar que aún falta por sacar el registro civil de mi otro hijo, es ahí cuando añoraría un futuro en el que me aplasta un Terminator.

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